Sneyder Pinilla confesó haber usado criptomonedas para mover $1.000 millones en sobornos hacia Montería. En una alianza entre Periodismosint y OCX comprobamos que el correo personal del testigo figura registrado en Binance, la mayor plataforma de intercambio del mundo: un dato que ni la Fiscalía ni la Dijin han puesto sobre la mesa. Mientras la blockchain es inmutable, la Corte Suprema juzga a ciegas de códigos. Radiografía del mayor vacío forense del caso.
Cargar mil millones de pesos de pesos colombianos (300.000 dólares) en billetes de cincuenta mil a bordo de un vuelo comercial entre Bogotá y Montería es una torpeza logística que ningún operador cometería: el paquete pesa veintiún kilos, activa los escáneres del aeropuerto y exige explicaciones inmediatas. Sneyder Pinilla lo sabía. Por eso, cuando el exsubdirector de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) decidió confesar cómo se movieron los sobornos, reveló una maniobra que hasta entonces sonaba a ficción: parte del dinero no viajó en maletines, sino convertido en criptomonedas.
«Entregas aquí y al otro día te entregan en el otro sitio», relató bajo juramento. La mecánica comenzó en una oficina del edificio Epicentro, en la Carrera 4 con Calle 16, en pleno centro de Bogotá. Allí entregó los fajos de efectivo y recibió el equivalente en «dólares digitales». Al aterrizar en la capital de Córdoba, ese saldo virtual volvió a materializarse en fajos de billetes que, según el testimonio de Pinilla, terminaron en manos del entonces presidente de la Cámara de Representantes, Andrés Calle.
Conviene precisar el alcance: Pinilla confesó que los $3.000 millones destinados al entonces presidente del Senado, Iván Name, viajaron en efectivo, en maletines, dentro de Bogotá. La vía cripto la usó de manera puntual para los $1.000 millones que debían llegar a Calle en Montería. La lógica de ese tramo era ágil e invisible a los retenes físicos.
Pero hay un detalle técnico que quienes diseñaron esa triangulación de corrupción parecen haber pasado por alto: a diferencia del efectivo, la cadena de bloques (blockchain) es el libro contable más indiscreto del planeta, es decir, son rastreables las transferencias.
Un libro contable que las autoridades no supo leer
A diferencia de los billetes que se esfuman en caletas sin dejar memoria, el dinero que pasa por criptomonedas graba una cicatriz matemática permanente o hash como se llama tecnicamente. Cada movimiento registra hora, monto fraccionado y direcciones alfanuméricas.
Para tirar de ese hilo se necesita un punto de partida básico: las direcciones de las billeteras y los identificadores de transacción (TXID). Son la llave del rastreo, y esa llave la tuvo en sus manos el propio Pinilla.
Sin embargo, ese camino nunca se recorrió. Cuando el magistrado Francisco Javier Farfán, de la Sala Especial de Instrucción de la Corte Suprema de Justicia, ordenó a peritos de la Dijin verificar la versión de Pinilla, los investigadores tropezaron con un vacío absoluto. El informe entregado al alto tribunal concluyó que no fue posible encontrar rastro ni soportes técnicos de las operaciones digitales, ni se identificaron billeteras. No encontraron nada porque el testigo estrella jamás aportó los códigos, y las autoridades tampoco se los exigieron.
Ese vacío pericial se ha convertido en el principal argumento de defensa de los implicados. Mientras Andrés Calle e Iván Name permanecen recluidos en la cárcel La Picota, los abogados de Calle insisten en juicio en lo mismo: sin una huella criptográfica verificable, el relato de los mil millones en Montería se queda en la sola palabra de un confeso delincuente.
La frontera del OSINT y la desidia judicial
Tomada la información de su hoja de vida subida al SIGEP y analizado con la herrmienta OSINT Industries a partir del correo personal de Pinilla muestra una huella digital con cuentas asociadas a Google, Apple, Dropbox, Facebook o Airbnb.
Hay, sin embargo, un hallazgo que ninguna autoridad ha mencionado. En esta alianza entre Periodismosint y OCX comprobamos con la misma herramienta, que ese mismo correo figura registrado en Binance, la mayor plataforma de intercambio de criptomonedas del mundo.
El dato no prueba por sí solo que los sobornos hayan pasado por esa cuenta —para eso harían falta los identificadores de transacción que solo el testigo o una orden judicial pueden destrabar—, pero sí sitúa al confeso, por primera vez con soporte técnico, dentro del ecosistema exacto que él mismo describió bajo juramento.
La Corte Suprema y la Fiscalía no dependen de lo que deje ver internet: tienen la potestad de emitir órdenes judiciales, revisar dispositivos móviles, recuperar chats de mensajería y exigirle al testigo los hashes de las transacciones bajo advertencia de tumbar sus beneficios. Si la ruta cripto sigue sin recorrerse, no es por blindaje de la tecnología, sino por falta de rigor pericial del Estado.
La carta dirigida congresistas republicanos
Días antes, el 26 de agosto de 2026, la Contraloría General le sumó dos fallos de responsabilidad fiscal por más de 24.000 millones de pesos por el caso de los 80 carrotanques de La Guajira, junto al exdirector Olmedo López y varios contratistas. Según Infobae Colombia, Pinilla envió una carta de tres páginas a políticos y funcionarios de Estados Unidos —entre ellos el senador Bernie Moreno, la representante María Elvira Salazar y el secretario de Estado Marco Rubio— para ofrecerse como testigo y colaborador, y pedir una reunión confidencial en la que entregaría información sobre «movimientos de recursos» y «posibles movimientos financieros internacionales» ligados al saqueo de la UNGRD. El propio testigo, en otras palabras, invoca la dimensión transnacional del dinero como su gran carta de negociación.
Resulta paradójico: mientras ofrece a Washington la promesa de rastros financieros que cruzan fronteras, los identificadores de las operaciones cripto que ya confesó en Colombia siguen sin entregarse a la justicia que lo procesa.