Llegaron al poder como hicieron campaña: convencidos de que a toda pregunta le basta una respuesta rápida, contundente, diseñada para las reacciones, retuits y likes. Durante meses, el hoy presidente Abelardo de la Espriella y su vicepresidente José Manuel Restrepo construyeron un relato donde el país heredado era una ruina y ellos la restauración. El problema no es que gobiernen con un relato —todos los políticos lo hacen—. El problema es que, semanas después de posesionarse, entregaron ese relato impreso, lo llamaron “Libro de la Verdad” y creyeron que bautizarlo así lo volvía cierto.
No lo volvió cierto. Lo volvió revisable. Y al revisarlo, lo que aparece no es un diagnóstico del gobierno saliente del expresidente Gustavo Petro. Es más un autorretrato de un nuevo gobierno que confundió la velocidad de la campaña con la responsabilidad de administrar el Estado.
El “Libro de la Verdad” es, antes que nada, un producto de inteligencia artificial. No lo decimos como sospecha: lo admite el propio documento en sus páginas 10 y 11. La huella está en cada capítulo. Los casos del segundo obedecen a una misma plantilla automática —titular escandaloso, párrafo de cifra, tres viñetas, remate de empatía ciudadana—, repetida hasta que un informe sobre pozos petroleros suena idéntico a uno sobre museos comunitarios. La denuncia desaparece. Todo suena igual porque, en el fondo, todo salió del mismo prompt.
El uso de inteligencia artificial por el Gobierno colombiano no es, entonces, un asunto meramente tecnológico. Cuando una herramienta diseñada para procesar y generar información empieza a intervenir en la comunicación política, los diagnósticos públicos y la construcción del relato oficial, también aparecen preguntas sobre responsabilidad, verificación y transparencia.
Ahí está el error de origen: creer que la IA puede sustituir el trabajo que exige gobernar. La inteligencia artificial ordena información como ninguna herramienta anterior. Sin embargo, no distingue una salvedad contable de un robo, ni un hecho de corrupción administrativo de un trámite burocrático, ni una cifra en proceso de una cifra probada. Cuando se le pide llenar esos vacíos, no los llena: los inventa.
Un gobierno que gobierna con prompts se expone de una manera particular: la máquina responde siempre, y quien no distingue una buena respuesta de una respuesta plausible termina firmando y publicando cualquier cosa que suene bien. El país tiene problemas reales de corrupción —predios pagados sin titular, obras carcelarias cobradas sin existir, empresas hundidas en pérdidas billonarias— y sobre esos casos no hay debate. Pero al mezclar los hallazgos sólidos con la tergiversación de una máquina, este gobierno no fortalece la lucha anticorrupción: la contamina.